25 de mayo de 2017

Reseña de la actividad "Muerte y mitos en París"

Juego: Hitos
Fecha: 13-5-2017
Pjs: Esteban de la Fortois (Ángel Mesta), Jacques Delacroix marqués de Agramont (Jaime Vives), y Jean Baptiste de Bearne (Mago Peperoni).

Un invitado inesperado
Jacques Delacroix, marqués de Agramont y antiguo político revolucionario de ideas ilustradas, Esteban de la Fortois, médico de barriadas expulsado de la facultad por tráfico de cadáveres y experto en orientalismo, y Jean Baptiste de Bearn, antiguo estudiante de derecho que decidió deja la carrera y embarcare en un barco rumbo al Pacífico en su búsqueda de poder y conocimientos arcanos, celebran su reunión semanal de su club de discusión filosófica echando de menos a sus compañeros que esa noche no departirán con ellos del tema elegido por el director de la sesión de esa jornada, el marqués. Los contertulios deben reflexionar sobre la filosofía política de la Grecia clásica. Comienza su intervención el antiguo estudiante de derecho, argumentando que fue la búsqueda del poder definitivo lo que diferenció a Roma de la Grecia clásica y precipitó a ésta hacia su destrucción final. Pero en ese momento unos golpes en la puerta interrumpen su diatriba. No lo saben todavía, pero al abrir esa puerta sus vidas cambiarán para siempre.
El médico abre, precavido como siempre, con una pistola en la mano. Sus negocios con opio y contrabando le obligan a llevar una vida en guardia. Se trata sin embargo de un hombre que necesita sus auxilios médicos. Un hombre de mediana edad y casaca que denota cierto rango social está herido y solicita su ayuda. Su olor a mar lo delata como marinero, quizás contramaestre o capitán a tenor de sus ropajes. Mientras lo tumban en la camilla y Esteban le hace una revisión preliminar, Jean Baptiste aprovecha para mirar en su hatillo para buscar signos que lo identifiquen, pues el hombre no parece estar completamente dueño de sí mismo, y murmura palabras y frases sin demasiado sentido. En el hatillo lo primero que le sorprende es un pequeño cuadro de una tempestad en la noche. Pero no lo termina de examinar cuando el paciente se apresura a ofrecer a los ilustrados un pago por la operación a la que va a ser sometido, ya que él no tiene dinero en ese momento. Les ofrece un libro de conocimientos arcanos en pago, entendiendo por la nutrida biblioteca del médico que es una materia que les puede interesar. Y no se equivoca. Pronto comienza a desvariar, advirtiendo a los amigos que “no se acerquen al agua cuando estén en tierra”, y señalando que el libro a él no le importa, sino el mapa que contiene. Tambíen habla de un tal general cretense que le ha mostrado una isla sumergida.

[...]

Bayonetas en la noche
El médico hace una de sus mejoras noches, ayudado por el marqués, y logra salvar al marinero la vida de la herida de bala que le ha atravesado el costado. Pero en breve unos fuertes golpes hacen temblar la puerta, y las milicias de los sans coulottes quieren irrumpir en la sala buscando a un tal capitán Saint Simón. Jacques y Esteban intentan retener a las milicias populares mientras Jean Baptiste aprovecha para utilizar uno de los hechizos que en su día aprendió en las lejanas islas del índico en cultos innombrables y libros de oscuro origen para indagar en la mente del capitán. entiende que se trata de la llave de una pensión, incluso logra obtener un nombre: madame Dreyfuss.
Al parecer allí se encuentra el libro del que hablaba el capitán, el infame libro de Skelos. Pronto la imagen cambia a un camarote de un barco donde Saint Simón está cortando cabezas de pescados en una mesa sin reparar en cómo mancha los mapas a su alrededor, mientras toma notas en una pequeña libreta que parece una especie de diario, y de reojo observa el libro de Skelos reposando abierto. En ese vistazo, Jean Baptiste entiende que ese libro debe de ser antiquísimo, por lo menos de la época del imperio de Roma. Así puede navegar en sus recuerdos y ve cómo una señora rolliza le entrega una llave. El estudioso de lo arcano
Los sans coulottes acaban entrando en la estancia, pero entre los tres logran convencen a los milicianos para que no maten a bayonetazos al capitán. Es más, Jean Baptiste utiliza su oratoria leguleya para convencerles de que no lo saquen de la consulta hasta que abonen una cantidad exagerada de francos, que ninguno de ellos tiene encima. El jefe de la partida, vencido, acepta irse para pedirle ese dinero al ciudadano Leffebre, su inmediato superior, pero deja a un guardia apostado en la puerta.
Un primer encuentro con lo imposible
El marqués de Agramont sale junto con el guardia y le da amable conversación a la par de un poco de vino peleón del médico para soltar su lengua, mientras él toma rapé. Así logra saber de la trayectoria del ciudadano Leffebre, que se ha convertido en la mano izquierda de Robespierre. Al parecer es un firme defensor del racionalismo y está intentando acabar con todos los libros que fomenten y difundan la superstición y los saberes irracionales. de vino que ofrece al miliciano, pero el sans coulotte se percata de ello y se apresta a atacar al marqués. Sin embargo Jacques es más rápido y logra dejarlo inconsciente. El miliciano cae al suelo reventando la jarra de vino, que forma un charco de líquido rojo a su alrededor como una marca de sangre. Del interior de la consulta, surge un grito ahogado de sus amigos.
De ahí, al parecer, su interés por el libro de Skelos. Después de unos minutos, el antiguo militar intenta disimuladamente verter un narcótico en la jarra
Durante ese tiempo, los dos ilustrados estuvieron registrando al capitán Saint Simón. Observando el cuadro con más atención, Jean Baptiste se percata de que está firmado por un tal Edward Blake… ¡en 1820! Un escalofrío le recorre la espalda, aunque la impresión es más intensa en la mente del médico. Sin embargo les queda algo más por digerir: al arrancar el pañuelo que cubre el cuello del marino, ven que tiene agallas.
Conversaciones con ratas
Los tres amigos, turbados, deciden ponerse en marcha para averiguar el paradero de ese libro arcano. Para prevenir futuros problemas con los sans coulottes, dejan al capitán con una antigua paciente de Jacques en esa misma calle y pasean hasta una taberna donde tomar unas cervezas pensando en los próximos pasos hacia donde encaminar sus pesquisas. El hatillo contenía además del cuadro y de la llave de la pensión, un pagaré del armador Pierre Armagnac al capitán Saint Simón en concepto del viaje realizado en el barco Magdalena. Los pensadores deciden comenzar por registrar el barco esa misma madrugada. El puerto está prácticamente desierto, y varios toneles junto a una rampa que conecta el Magdalena con el muelle anuncian que los estibadores ya han retirado la carga. Aunque el barco parece vacío, Jean Baptiste decide no arriesgarse, y mirando fijamente a una rata la recoge en su regazo y comienza a comunicarse con ella utilizando sus artes arcanas, ante la mirada incrédula de Jacques. La rata registra el barco y les anuncia que no hay nadie en su interior, pero que hay restos de pescado en el camarote del capitán, y sangre.
Efectivamente la rata tenía razón. El pescado son las cabezas de merluza que Jean Baptiste vio en la mente del capitán. En las paredes del camarote, grotescos signos cabalísticos escritos con sangre humana se ciernen amenazadores sobre los ilustrados. Su efecto pertubardor es tan intenso que Jacques se ve obligado a sacar la cabeza por el ojo de buey para buscar alivio. Así, por casualidad, atisba en la oscuridad a una figura embozada que los espía oculto entre unos toneles en el muelle. Entretanto, los otros dos amigos registran el camarote y acaban encontrando el diario de bitácora del capitán Saint Simon. En ese diario se puede leer que un indio aborigen de la Columbia Británica le entregó el libro de Skelos a cambio de unas pieles, y en su interior se encontraba también un extraño mapa. Días más tarde, todavía en puerto, compró el pequeño cuadro entre las posesiones que se vendían de una antigua casona noble de la ciudad. Ya en la travesía de vuelta a casa, su salud mental se había ido deteriorando hasta el punto de que recogía pasajes enteros donde hablaba con un supuesto general cretense de nombre Agatocles. El mapa, según sus anotaciones del diario, mostraba la ubicación de la isla de R’lyeh.
Sangre en el muelle
Antes de proseguir en sus investigaciones, el grupo decide atrapar a la misteriosa figura que los espía. Para ello Jean Baptiste y Esteban encaminan sus pasos a la casona donde se aprecian todavía las luces en el despacho del armador Pierre Armagnac mientras Jacques salta al agua helada desde la cubierta de forma inadvertida para rodear al merodeador y rodearlo entre todos. El plan funciona bien y pronto el hombre, contrahecho, con piernas cortas y brazos desproporcionadamente largos, con el pelo lacio y los ojos saltones muy abiertos, yace en su poder. El hombre con un acento gutural les insiste en que deben “entregarles el mapa”, y si no lo tienen, deben encontrarlo y entregárselo, o “Dagón vendrá a reclamarlo y arrasará toda la ciudad”. Les da a los héroes unas pocas horas, hasta el amanecer. Cuando los pensadores intentan recabar más información, el hombrecillo se revuelve y abriendo la boca desmesuradamente y mostrando una hilera de colmillos afiladísimos, como los de un pez, arranca parte de la carne del brazo al bravo marqués. No tiene tiempo de más, porque el médico rápidamente le dispara a bocajarro con su pistola de avancarga matándolo instanteamente.
Aturdidos por la escena que acaban de vivir, los pensadores ilustrados deciden visitar al armador de la Magdalena con el fin de recabar más información en sus pesquisas. El armador los recibe amablemente y los convida a unas copitas de Jerez. Los amigos se presentan como conocidos del capitán, al que han curado de sus dolencias. El armador no se muestra sorprendido de que Saint Simón haya padecido dolores, dado el estado de gran excitación con la que lo recibió al tratar los asuntos del Magdalena. Lo recuerda nervioso en exceso por la ventana abierta, y murmurar que no se está seguro “cerca del agua cuando se está en tierra”. También intentó convencer al armador para emprender un viaje al Índico. Sin embargo Armagnac no entendía que el viaje fuera a reportarle beneficios claros, especialmente teniendo en cuenta el estado con el que llegó la tripulación del barco. Apenas seis marineros de veintitres llegaron vivos, muchos de ellos claramente enloquecidos. Hablaban de que Saint Simón pasaba las horas mirando su cuadro en el camarote y de un tal libro de Skelos. Los sans coulottes los interrogaron al respecto del libro, anuncia el armador sin darle demasiada importancia.
La trampa
Los ilustrados se toman un respiro y paran por una posada cercana para probar bocado. Son las tres de la madrugada ya. El médico interroga a la posadera, vieja conocida suya, sobre la madame Dreyfuss y su pensión. La posadera la conoce y señala a lo alto de la colina más alta de la ciudad, la parte de Montparnasse. Efectivamente, la zona más alejada del agua. Los investigadores de lo oculto están seguros de que allí descansa el libro de Skelos, su recompensa final. Sin embargo, el tema del mapa de la isla de R’lye, y el extraño hombrecillo que los amenazó con destruir la ciudad, los inquieta. Deciden averiguar más sobre el tema. El médico va a visitar al marqués de Picardía, colaborador como él de la Enciclopedia, y del que recuerda, merced a su prodigiosa memoria, que en su día iba a redactar un capítulo sobre islas míticas e iba a hablar sobre esa tal R’lye. Por su parte, el antiguo político y el estudioso de lo arcano deciden volver a visitar a Saint Simón en la casa de la paciente del médico para que les explique, si está ya consciente, más sobre la isla.
Cuando Esteban de la Fortois llega a la pequeña mansíon del marqués lo hacen esperar y debe detallar bien el motivo de su visita para que un enjuto mayordomo lo deje entrar. Una vez en el despacho del ya deteriorado marqués, que cojea con gota y que tiene el brazo vendado y al parecer recién amputado (el médico le diagnostica diabetes con un somero vistazo), recibe al colega enciclopedista con unos dulces. Cuando el médico le explica el motivo de la visita, el marqués se excusa y sale de la habitación para vaciar su estómago. El momento lo aprovecha Esteban para curiosear entre los libros del marqués. Un armario le llama la atención, y con un abrecartas fuerza la cerradura. De él cae una criatura semihumana disecada. Se trata de un gul. Al desprenderse el ojo de cristal, cae una extraña gema que tenía tras el globo ocular originalmente, por increíble que pareciera. Le sorprende entonces la voz del marqués a su espalda. Le explica que esa era la criatura que había asolado en verano las tierras del sur de Francia [es un guiño a la película El Pacto de los Lobos]. Cuando la cazaron, la disecaron y la expusieron en el museo de Francia, pero con los disturbios de la toma de la Bastilla el museo fue saqueado y él logró poner a salvo la criatura. Tras la explicación, el tono de la voz del marqués cambia radicalmente y le exige el mapa al médico, mientras se quita el vendaje del brazo dejando al descubierto un brazo escamoso con garras afiladas. El marqués explica que sus pactos con lo oculto le han pedido un sacrificio de su humanidad. Mientras unas figuras acuosas armadas con tridentes comienzan a trepar por la ventana y el marqués comienza a recitar ensalmos macabros, el médico no tiene más remedio que traicionar a sus amigos para salvar la vida.
La galera cretense
Los otros dos amigos no sospechan que Esteban de la Fortois los ha vendido para salvar su vida. Mientras el médico atraviesa en una extraña neblina de forma imposiblemente rápida el camino que media hasta la casona donde sus amigos interrogan al capitán, rodeado de profundos y acompañado por el marqués de Picardía, con la extraña gema logra ver a través de la niebla y detectar cómo a millas de distancia un enorme monstruo se acerca a la ciudad del Sena. No puede ser otro que Dagón, que se acerca a reclamar el mapa. Entretanto Jacques y Jean Baptiste logran deducir de las palabras del capitán todavía enfebrecido que el mapa está oculto… ¡en el cuadro! Por imposible que parezca, los dos amigos no lo descartan. Aferrándolo con fuerza el antiguo estudiante de derecho concentra su energía mística mirándolo fijamente hasta que, efectivamente, logra traspasar el velo de la realidad y aparecer en la cubierta de una galera cretense mil quinientos años antes de Cristo.
Allí los marinos cretenses lo saludan sin sorpresa y le señalan el camarote del capitán de la galera, el general Agatocles. Según los conocimientos de Jacques, Agatocles era una figura mítica que se suponía había circunnavegado África mil quinientos años antes de la era cristiana. Y efectivamente, ahí se encuentra Agatocles, en ese mismo viaje. En sus ojos enloquecidos Jean Baptiste cree reconocerse a sí mismo. El capitán está cortando cabezas de merluzas en su mesa de trabajo, como hiciera también el capitán Saint Simon. El cretense conversa con el estudiante de lo arcano y poco a poco su tono se va haciendo más peligroso cuando Jean Baptiste le pregunta por el mapa de la isla. El general cretense le confiesa que Saint Simon le pidió que lo guardara en el camarote, y el antiguo estudiante de derecho intenta convencerlo de que Saint Simon lo ha enviado a él a recuperarlo. Pero solo logra convencer al cretense cuando le muestra los signos de degeneración que le ha proporcionado el acceso a lo oculto. Inspeccionando la cojera de la pierna de Jean Baptiste, Agatocles asiente y le entrega el mapa. Esa inspección acelera el proceso de degeneración del desdichado Jean Baptiste.
Sangre, muerte y locura
Cuando Jean Baptiste recupera la consciencia cae al suelo y vomita agua salada, consecuencia no deseada del viaje que ha emprendido. Entonces escucha horribles gritos escaleras abajo y signos de pelea. Preparado para lo peor, descubre que en su mano descansa el mapa de la isla de R’lye. Después de rociarlo con aceite y prepararse para quemarlo, a través de la ventana ve a lo lejos la figura de Dagon que se acerca para reclamarlo. No puede evitar la tentación de mirar hacia la puerta para intentar entender quién está atacando la casona, pero al hacerlo y sorprenderse ante la pequeña horda de profundos, uno le lanza su tridente y casi lo atraviesa. Jean Bapiste cae al suelo malherido y tanto el mapa como el candil caen al suelo. El candil comienza a prender y a extender un incendio.
En ese momento Esteban de la Fortois entra en la habitación de golpe aguantando en brazos a Jacques, atravesado también por otro tridente y a punto de morir. El médico, que finalmente volvió su lealtad hacia sus amigos y estuvo luchando contra las criaturas irracionales y el mago de Picardía, tras descerrajar un tiro al marqués (que atravesó primero el brazo de Jacques) tuvo que retirarse ante el número de profundos y la gravedad de las heridas del marqués de Agramont. Para evitar su muerte el médico se arrodilla y le hace unos primeros auxilios mientras los profundos irrumpen ya en la habitación después de haber matado a los integrantes de la casa y al convaleciente capitán Saint Simon. Pero justo en ese momento, en un supremo esfuerzo de pura voluntad, Jean Baptiste logra extender el brazo y quemar el mapa. Al sentir que la reliquia se ha perdido, Dagon da la vuelta al mar en la lejanía y los profundos van dejando el edificio.

Diecisiete años después, en una galeaza en mitad del océano, un marino entra en el camarote de su capitán, Edward Blake, preguntando por el rumbo que han de tomar. Y Jean Baptiste, con una cojera más que evidente y arrugas en su cara, responde a su subalterno mientras termina de pintar el cuadro de una tempestad en la noche.

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