17 de enero de 2017

Reseña "La caza de la bestia de Ararat"

La caza de la bestia de Ararat

Juego: Aquelarre
Fecha: 7-1-2017
Pjs: Beorhtric el Negro (Arturo), Godofredo de Armagnac (Jaime Vives), Hugo de Balantine (Nico), y Josué ben Jaffar el genovés (Ángel Cintado).

Tres caballeros cristianos y un mercader judío
Discurre el año del Señor de 1130, gobernando Tierra Santa el buen rey Balduino II, primo del primer rey de Jerusalén y esforzado guerrero cruzado él mismo. El buen rey cristiano envía a cuatro agentes como embajadores en lejanas tierras en Anatolia con el fin de garantizar un paso seguro a los formar parte del reino de Jerusalén. Para ello han partido de la capital del reino Sir Hugo de Ballantine, antiguo marqués de Chivas, noble normando expulsado de la corte inglesa por un oscuro asunto que irritó en sobremanera al rey inglés, Enrique II Beauclerc. Junto a él cabalga un joven y piadoso caballero templario llamado Godofredo de Armagnac. También a lomos de un brioso corcel acompaña al grupo el cabellero hospitalario Beorhtric el Negro, nacido en Tierra Santa, hijo de un sajón exiliado en la corte bizantina y una nigromante de Samotracia. Como guía les conduce un mercader judío de origen italiano, Josué ben Jaffar el genovés.
Después de haber logrado éxito en su empresa, el grupo emprende regreso a Tierra Santa por una ruta alternativa que les conducirá más rápidamente a su destino. Les permitirá atravesa el territorio donde se yergue orgulloso el monte de Ararat, allí donde según la Biblia encalló en su día el Arca de Noé. Va cayendo la tarde cuando un grupo  de bandidos aparece en el camino. Turcos, armenios y sirios armados con lanzas arcos y mazas exigen a los héroes oro para atravesar el camino. Su jefe, Abdul, llega a un acuerdo con el mercader y a cambio de una pequeña suma dejan paso a la comitiva. En retaguardia, Beorhtric acaricia el pomo de su espada presto a lanzarse contra los bandidos cuando de improviso un terremoto lo hace caer del caballo. Cuando el temblor cesa y los salteadores han desaparecido, manda a su paje Cedric a buscar su corcel. Al poco, un rugido y los gritos de su siervo le anuncian que ha sido atacado y muerto por algún tipo de bestia salvaje, aunque no llegan a encontrar su cuerpo.
La Bestia no existe
El grupo llega al torreón del emir de la zona al anochecer. El emir Morgul ibn Mustarrif los recibe con todo el lujo que les puede ofrecer dada la penuria de su situación. Los embajadores se explican el extraño encuentro que han tenido durante el camino y el señor turco casi pierde los nervios. En sus ojos enfebrecidos asoma un brillo de locura al escuchar de sus labios el relato de la bestia. Él les explica que tal bestia jamás ha existido y se trata tan solo de una argucia diseñada por Omar, el emir del condado vecino, para desastabilizar la zona y asegurar que las caravanas pasen por sus dominios. Sir Hugo propone al emir que se libere a la esclava cristiana que les ha servido la comida,a cambio de que ellos solucionen el tema de la bestia. Morgul ibn Mustarrif acepta aliviado, aunque más tarde Josué logra negociar una bonita suma de oro extra.
A la mañana siguiente los héroes celebran una misa vespertina oficiada por el templario al despertar en el granero donde han pasado la noche. La misa impresiona vívamente al caballero normando, pero solo causa indiferencia al hospitalario y el mercader judío aprovecha para salir al exterior, donde observa una curiosa escena. Dos soldados del emir están azontando a un viejo cabrero. Al parecer se ha atrevido a decir que dos de sus cabras han sido masacradas por la bestia. Los cristianos se deciden a evitar que continue el cruel castigo al viejo y son las palabras de Godofredo las que consiguen ablandar los corazones de los rudos soldados turcos.
La caravana perdida

Los héroes acompañan al viejo a su humilde choza en la ladera del monte Ararat, donde sus hijas agradecen entre sollozos la valiente intervención de los cristianos. Allí el viejo hace una descripción de la bestia, a la que Hugo califica de león, mientras que Beorhtric, que tiene más conocimientos sobre la fauna de la zona, duda en identificar como tal. Más tarde los cuatro intentan encontrar rastros de la bestia bajo el tórrido sol de la mañana, cuando observan a dos figuras ataviadas como comerciantes cabalgar a lomos de burros en dirección, al parecer, a la choza del viejo pastor. Los cuatro súbditos del reino de Jerusalén los interceptan rápidamente con sus corceles y les preguntan por 
su procedencia y destino. Los mercaderes pertenecen a una caravana que ha decidido acampar unos días para arreglar las ruedas de algunas carretas. Se trata de una información que corrobora el propio Josué ben Jaffar, que se lo ha escuchado comentar al emir. Sin embargo, las explicaciones de a dónde se encaminan son mucho más endebles. El caballero hospitalario desenvaina su espada decidido a averiguar la verdad por los métodos más expeditivos, cuando los mercaderes deciden confesar para salvar sus vidas.
La caravana traslada varios animales exóticos a Tierra Santa para que los compren nobles acaudalados. Uno de esos animales, un tigre, ha escapado de su jaula. Los cuatro héroes asienten con satisfacción, sabedores de que han resuelto ya el enigma de la bestia de Ararat. Tras convenir un precio para perdonarles la vida y no denunciarlos al emir, el grupo organiza una partida de caza con soldados turcos para capturar al tigre, que partirá al alba.
La verdadera bestia
Antes de partir, Godofredo oficia una misa que pronuncia con tanto fervor que incluso los soldados turcos se arrodillan conmovidos. La partida avanza internándose en los desfiladoros del monte Ararat cuando escuchan un rugido. Prestos, avanzan hacia su  encuentro, mientras el mercader judío, previendo problemas, corre a esconderse tras unas rocas y Beorhtric aprovecha el caos para recitar las palabras mágicas que activarán uno de sus hechizos. Al doblar un recodo, Hugo de Ballantine y Godofredo de Armagnac observan cómo una extraña criatura de enormes colmillos desproporcionados se yergue sobre el cadáver de un tigre. Una segunda criatura aparece en la retaguardia del grupo y salta sobre los desprevenidos soldados turcos, que se desbandan rápidamente.
Sir Hugo carga contra el tigre dientes de sable y logra ensartarlo con su lanza. Mientras caracolea con su cabalgadura para volver a cargar contra la bestia, Godofredo desvía un zarpazo del enorme animal y acaba con su vida tras atravesarlo con su espada, sin poder salvar a su propio paje. Entretanto, el segundo dientes de sable ha conseguido derribar el caballo de Beorhtric, que se encuentra atrapado bajo el peso del équido, indefenso. Allí acude presto sir Hugo de Ballantine olvidando las afrentas que han ido intercambiando sajón y normando a lo largo de estas últimas semanas. Su lanza logra impactar en el tigre, pero es Godofredo el que, corriendo con todo el peso de su loriga llega a alcanzar a la bestia antes de que sacrifique al hospitalario. Una vez que todo ha acabado, los cruzados se preguntan por el paradero del judío.
El Arca de Noé
Las huellas conducen a los cristianos ladera arriba hasta una cueva. Allí se introducen y al poco entienden que han entrado en los restos del arca de Noé. Las dos bestias a las que han dado caza debían proceder de allí. Caminando por los pasillos enormes de la gigantesca estructura van dejando atrás jaulas vacías donde parejas de cada animal fueron preservadas del Diluvio Universal hace siglos, en la noche de los tiempos. Finalmente los héroes llegan hasta el castillo de proa, donde encuentran a Josué, que está maravillado junto al cadáver incorrupto del mismísimo Noé. Pero en ese momento, el arca parece comenzar a moverse lentamente de izquierda a derecha. Los cruzados deciden salir del arca al exterior lo antes posible y deciden llevarse el cuerpo de Noé con ellos para honrarle como se merece construyéndole un sepulcro a la altura de su importancia. Por su parte, la curiosidad del mercader judío le impulsa a subir por una escalerilla hasta lo que debería ser la primitiva cubierta, abriendo una pequeña trampilla. Cuando el judío se pierde de vista, comienza a caer agua salada de la trampilla.

Los cruzados corren por los pasillos, hasta que en una de las bifurcaciones una criatura horrible surge de la bodega inferior del arca. Esa especie de dragón, un tiranosaurio rex, obliga a los héroes a huir por sus vidas dejando atrás el cuerpo de Noé. Al salir de la cueva, un nuevo temblor como el que sintieron al acercarse a estas tierras, sacude el suelo y sella la gruta para siempre. Entretanto, Josué al ascender por la escalerilla ha rasgado el velo de los tiempos, y aparece en la cubierta del Arca junto a Noé, que lucha contra una tormenta en el timón. El patriarca judío le pide ayuda en el timón sin sorprenderse de su aparición, asumiendo que se trata de un ángel que ha mandado el Señor en su ayuda.