26 de abril de 2016

Crónicas roleras: Vampiro. Festín de sangre



10 de Abril de 2016

1.—Una invitación difícil de rechazar
Praga, vieja casa de la calle Kozí, 12
—Vengo a ver a Cara de Hueso.
Un par de ojos rojos escudriñaban a Julien de arriba a abajo a través de la mirilla de la puerta. Llegaba tarde. No estaban satisfechos.
—Al final del pasillo—le contestó una voz profunda y gruesa desde el interior del edificio—. Le está esperando.


La pesada puerta se abrió con un chillido quejumbroso. No quedaba rastro del vigilante con el que acababa de hablar. De hecho, no se distinguía nada de nada: el pasillo no tenía una sola luz, no quedaba más remedio que recorrerlo a ciegas. Julien avanzó a tientas, sus dedos tensos al alcance de sus jambiyas, preparado para defenderse de cualquier emboscada. Claro que llegaba tarde, joder: un Lunático larguirucho se había atrevido a arrebatarle su presa en mitad de la caza, inconsciente de con quién se estaba metiendo. Alegó necesitar a la mortal para alimentarse en un largo viaje, nosequé de un destino funesto para aquellos que se quedasen en la ciudad. «Márchate ahora que estás a tiempo, Aladino», le advirtió. Y andaba cauto desde entonces porque cuando se tiene tanta experiencia como Julien, uno aprende que existe algo de grano entre la amplia paja de la charlatanería Malkavian.
Al final del pasillo se topó con una pequeña estancia que al fin tenía luz, de paredes de piedra decoradas por escudos de linajes indescifrables. En el centro, una mesa redonda y tres Vástagos sentados a su alrededor a los que nunca había visto antes.
—Al fin está usted aquí, señor Sahimi—murmuró despacio una voz a su espalda.
Cara de Hueso era alto y espigado. Vestía un grueso abrigo de cuero tostado, el negrísimo cabello muy corto y una mandíbula tan cuadrada, una cara tan escuálida que se distinguía con claridad el contorno de su cráneo bajo su piel. Su boca era demasiado ancha para ser humana, con las comisuras de sus labios prolongadas —como en sonrisa de Glasgow— capaces de mostrar la totalidad de su mandíbula. Al sonreír rasgaban su rostro de oreja a oreja.
—Tome asiento, por favor. Me alegro de que hayan decidido venir.
—Usted me dirá qué otra cosa esperaba—gruñó Julien—. Invadió mi refugio, dejó su invitación escrita con sangre clavada con una estaca a pocos centímetros de mi piel. No es como para quedarse tranquilo.
Amaranto Giovanni, sentado a su izquierda con corte de pelo clásico, un buen traje y un brillo siniestro en la mirada, exhaló una risita. Él se libraba de la peor rudeza de Cara de Hueso por antigüedad. Los demás invitados no habían tenido la misma suerte. Por ejemplo, el recio Brujah Nikola Rusil había despertado indefenso a escasa distancia del filo de la estaca y encontró a Arya, su anciana y leal ghoul, atada y drogada.
—Lamento que no aprecien mis declaraciones de paz—replicó Cara de Hueso, con la tranquilidad de jugar en casa, acariciándose las manos con deleite—. Ojalá comprendan algún día: es mi forma de decirles que si quisiera causarles algún daño, ya lo habría hecho.

2.—El Bebedor de Sangre
Praga, vieja casa de la calle Kozí, 12
—Esto es una broma—agitó la cabeza desde su asiento la sutil Radmila Hajkova, del clan Tremere. Hasta entonces había sido la más callada de los invitados, escuchando y aprendiendo. Ahora no daba crédito a sus oídos—. Este artefacto es puro mito. Nadie habla con seriedad de su existencia desde el siglo XV.
—¿...Funciona con cualquiera?—preguntó Nikola con el ceño fruncido, empezando a creer en la brillante estatuilla de obsidiana expuesta en el centro de la mesa.
—Salvo con alguien que la haya usado antes—contestó mórbido Cara de Hueso—. Los primeros en utilizarla fuimos yo y el Vástago al que represento esta noche ante ustedes. Me concedió a mí permiso para ser el primero, como pago por haberme manchado las manos para rescatarla. Es un privilegio. En la antigüedad nobles y reyes conspiraron, traicionaron y asesinaron con tal de acceder a este artefacto. Pero mi valedor y yo os damos la oportunidad de usarlo casi gratis. Sólo tenéis que hacernos un sencillo favor.
¿Quién, se preguntaba Amaranto Giovanni, sería su misterioso patrón? Llevaba toda la noche cruzándose con espíritus en esta casa maldita y ellos le susurraron un nombre: Cyril.
—Muy bien—se decidió Radmila, decidida a poner a prueba su incredulidad. Si esta reliquia era real, sabía perfectamente con quién quería emplearlo—. Tengo a alguien.
La Tremere atrajo la estatuilla hacia sí. Con una daga se rasgó la muñeca y dejó caer una gota de sangre sobre la boca de la gárgola esculpida. Acercó sus labios carmesí a sus oídos y susurró un nombre:
—Esteban Kroig.
Los ojos de la gárgola se iluminaron. Tenues al principio, avivándose hasta estallar en un fuerte destello. Sus mandíbulas se cerraron con fuerza, mordieron, desgarraron algo invisible. Y tras la dentellada su fulgor se apagó y sus fauces se volvieron a abrir.
Al mismo tiempo a cientos de kilómetros de allí, en un modesto loft de Londres, Esteban Kroig se disolvía en cenizas entre los brazos de Charles Cameron II—su sire y también el de Radmila.
—¿Qué ha...?
—Gracias, señorita Hajkova—Cara de Hueso parecía complacido—. Creo que sé quién quiere ser el siguiente—tomó la estatuilla entre sus escuálidas manos y la depositó frente a Julien.
—¿Parezco un hombre con muchos enemigos, Cara de Hueso?—el marroquí levantó una ceja.
—Conozco perfectamente a sus enemigos. Y usted también, Ibrahim—saboreó el placer de pronunciar su auténtico nombre; sus pupilas dilatadas de golpe, sus intentos por disimular—. Su secreto no es tan secreto como usted piensa. ¿Cómo cree que llegué yo hasta su refugio? Le deseo que sus enemigos no congenien con el mismo Primogénito con el que he hablado yo.
Julien no necesitaba oír más. Se fingió escéptico ante el poder del Bebedor de Sangre, se hizo el persuadido, pero conocía a la perfección la jugada que estaba realizando. Y no dudó en mover ficha.
—Vladimir Torpok—susurró a la gárgola, alimentada por algo de su sangre.
Y con sus palabras, en un ático de lujo a un par de kilómetros de allí, la Muerte Definitiva se cobró al primogénito Ventrue de Praga.
—Fascinante artilugio—Amaranto Giovanni, estudioso erudito de la muerte, sentía que tendría mucho que aprender del artefacto—. ¿Puedo probar una cosa?
El Nigromante atrajo hasta sí la estatuilla, pagó el precio de vitae y exclamó un nombre alto y claro:
—Cara de Hueso.
Ni se inmutó. La gárgola permaneció inmóvil.
—¡Jajaja, buen intento, amigo!—rió despreocupado su anfitrión, con carcajadas secas y una terrorífica sonrisa en sus labios deformes—. Como les he dicho, los que hemos realizado ya el ritual estamos protegidos de sus efectos.
—Había que intentarlo.
—Me temo, señor Giovanni, que los secretos oscuros que conocemos el uno del otro nos mantendrán en jaque mutuo durante algún tiempo más.
—Será nuestro precio a pagar por los formidables negocios que hicimos en el pasado. Está bien. Tengo otro nombre.
El ritual sólo funcionaba una vez para cada persona. Amaranto ya había entregado su sangre, no había vuelta atrás: qué mejor que aprovechar para hacer algo grande.
—Augustus Giovanni.



Los ojos de la gárgola se iluminaron. No fue fácil. Su alma se resistía, poderosa y conocedora de la muerte como ningún otro. Por primera vez la estatuilla rugió; cerraba sus fauces con dificultad, a dentelladas cortas, enfrentándose por fin a un enemigo de su tamaño. Pero por inmenso que era el poder de Augustus, el Bebedor de Sangre pertenecía a aquel tiempo antiguo en que el poder de los Magos no tenía límite. La cantidad de energía que estaba acumulando abrió una brecha en la Umbra misma; la mesa entera vibraba con el temblor de la reliquia. Mientras tanto en Venecia, en el Mausoleo Giovanni su patriarca forcejeaba contra una fuerza a la que no se había enfrentado en siglos. Y para cuando adivinó cuál de sus chiquillos le estaba atacando, ya era demasiado tarde.
La estatuilla emitió un chispazo cegador, profirió su último rugido y alcanzó a cerrar la mandíbula. Estaba hecho. El destino del clan Giovanni acababa de cambiar para siempre.
—Muy interesante, señor Giovanni—le congratuló su anfitrión, visiblemente satisfecho—. Ya sólo nos falta uno de ustedes, y sería una lástima que quedase un cabo suelto.
Cara de Hueso alcanzó la estatuilla al recio Nikola. El Brujah era el menos confabulador de toda la habitación; era un cainita sencillo, neonato, esquivo de las intrigas. Desconfiaba de sus compañeros, desconfiaba de Cara de Hueso y desconfiaba de la reliquia.
—Somos todos de clanes diferentes—observó Nikola—. A cada nueva sangre que la estatuilla bebe se ilumina una nueva runa. ¿Está intentando reunir sangre de todos los clanes?
—Chico listo—concedió Cara de Hueso divertido. No paraba de acariciarse las manos.
—¿Para qué?—poca gracia le hacía al Brujah, quien no dejaba de verlo como un peligro—. ¿Qué ocurrirá cuando haya completado su lista?
—Oh, para entonces esta reliquia habrá alcanzado todo su potencial y yo podré venderla mucho más cara. Es un gran negocio.
—¡Es una amenaza! ¿Pretende que confiemos en usted así como así?—Nikola se puso en pie enfurecido—. Sé que tiene a alguien vigilando a mi hijo mientras hablamos. Alguien que está cazando en mis dominios sin permiso, que me ha estado espiando, que atacó mi propio refugio.
—Eso fue un simple trabajo de inteligencia.
—¿Quiere que yo participe en el ritual? Deme su nombre.
—¿Cómo?
—¡Su nombre, maldita sea!
Cara de Hueso se rió a carcajadas divertido por su arrebato de impaciencia.
—Se llama Aleksandr Frost y si desea conocerle les dejaré a solas cuando usted quiera. Pero desaprovechar este ritual ancestral para una venganza tan mezquina...
Oh, sí que lo haría. Cara de Hueso desconocía cuán vengativo podía Nikola llegar a ser. No iba a pensárselo dos veces: era un hombre que nunca se quedaba de brazos cruzados ante una ofensa. Por algo le eligió su sire para el clan Brujah. Nikola sentenció a Aleksandr a modo de provocación para Cara de Hueso. Sostenía desafiante su mirada mientras pronunciaba su nombre; este ritual era demasiado importante para Cara de Hueso, toleraría el sacrificio de su lugarteniente con tal de completarlo. Pero Nikola estaba seguro de que era un precio que no le haría gracia pagar. Suponía perder su mejor garantía contra el Brujah: ahora no tenía con qué chantajearle.
—Espero que hayan disfrutado, caballeros—Cara de Hueso aun así no perdía su escalofriante sonrisa—. A cambio de nuestra generosidad, mi cliente sólo les pedirá un simple favor...

3.—Leales a la Camarilla
Praga, Plaza Dlouhá
—Aquí Julien. Acabo de salir de la reunión, Cara de Hueso ha picado el anzuelo. Creen que haremos un trabajo para ellos.
—Seguidles la corriente hasta el final—Döberman, Sheriff de la ciudad de Praga, respondía inquieto al otro lado de la línea—. Quiero saber para quién está trabajando.


11 de Abril de 2016
4.—Brutalidad policial
Praga, apartamento de lujo, calle Anenská 112 2º
—Mi clan va a disfrutar de lo lindo con esta situación—se reivindicó muy digna Lucille Giovanni ignorando el machete que le habían puesto al cuello—. Violación de un refugio independiente, acusación en falso, violencia contra un vástago desarmado...
—Me importan una mierda usted y su clan—escupió su respuesta Döberman, corpulento y de dientes enormes—. Les estamos haciendo un favor. Si yo fuera de su familia me alegraría de que se esté investigando si los Giovanni de Praga se están pasando al Sabbat o no.
—Le repito que no he hablado con Amaranto desde nuestro último Concilio en...
El tono de su teléfono la interrumpió. Amaranto estaba llamando.
—Atráigalo aquí—le ordenó Döberman al mismo tiempo que deslizaba despacio el filo romo de su machete a lo largo de su cuello.

5.—Un vagón hecho pedazos
Afueras de Praga, finca rural
Los agentes de la Camarilla siguieron las vías del tren en dirección noreste durante unos dos kilómetros. Avanzaban campo a través bajo la luz de una gran linterna, pero no la necesitaron para divisar el enorme amasijo de metal en el horizonte.
—Ahí tenéis vuestro tren.
Sólo constaba de locomotora y un único vagón de los cuales apenas había quedado el armazón. Nunca llegó a la estación. Lo habían volado por los aires.
—Fuera lo que fuera en ese cargamento, alguien ha llegado primero.
—Buscad documentos entre los restos. Tenemos que confirmar si esto era para Cara de Hueso o no.
—Jefe, aquí hay restos humanos...
Cuatro mortales habían sido víctimas de la explosión. Yacían entre restos de motocicletas y cartuchos de escopeta. Uno de ellos vestía una chaqueta raída con parches del capítulo praguense de los Ángeles del Infierno.
—Me parece que a estos matones los contrataron para asaltar el tren. Y luego se aseguraron de que guardarían el secreto.
—Por aquí hay ruedas de neumáticos.
El único superviviente de la explosión había sobre su Harley a sus ex-socios por las vías. Se adentraron en un maizal para darle esquinazo; el motero desmontó y trató de darles caza, escopeta en mano, para vengar las vidas de sus muchachos. Intentó, iluso, atacarles desde las sombras. Pocos mortales consiguen vencer a una criatura de la noche en su propio juego.
—Aquí está su cadáver.
—Pobre diablo.
En su pecho, grabado a cuchillo, el símbolo del Sabbat.

6.—Los Ventrue contra Amaranto
Praga, apartamento de lujo, calle Anenská 112 2º
—Radmila, Nikola y Amaranto, qué gustazo volver a veros. Así me gusta, vosotros dejáis las armas sobre el suelo y nosotros no bajamos las nuestras—Döberman se relamía en su éxito.
Él y sus Sabuesos les estaban esperando en casa de Lucille Giovanni para emboscarlos. Sabían que si tenían algo que esconder lo harían allí aprovechando su condición de independiente. Su intuición no les había fallado.
—Bien, vayamos directamente al grano. Ese tal Cara de Hueso, impredecible mercader de objetos arcanos, aparece aquí esta semana para jugar con vosotros a las casitas. Os manda un trabajo del que os negáis a contarme nada. Justo esta misma semana llevamos todos los días oyendo mierdas sobre un misterioso tren de mercancías desde Breslavia que carga con un importante artefacto arcano; vaya, qué casualidad. Asaltan el tren, se llevan el cargamento, intentan que creamos que ha sido cosa del Sabbat...pero aquí estáis vosotros, en casa de Lucille Giovanni, intentando sacar de la ciudad una caja idéntica a las que encontramos en el tren. ¿Me lo vais a explicar? Porque a mí me parece que os habéis pasado realmente a otro bando.
—Esto no es lo que parece—se defendió una nerviosísima Radmila, sin soltar la caja.
Mientras tanto, Nikola calculaba las probabilidades de enfrentarse desarmado a los Sabuesos de Sheriff y sobrevivir. Parecían muy, muy pocas. Frunció el ceño y aguardó.
—Döberman, estás cometiendo un error: seguimos siendo leales a vosotros—Amaranto pasó a la defensiva—. Sí, el tren traía una reliquia para el cliente de Cara de Hueso y justamente por eso nos hemos encargado de sabotearlo. De nada. Ese objetivo está cumplido: sólo nos falta capturarles y eso te deja a ti con dos opciones. Puedes enjuiciarnos por este malentendido y desperdiciar la única noche que tenemos para cazarlos. O puedes dejar que hagamos lo que tenemos que hacer con esta caja...y a cambio llevarte todo el mérito por haber capturado a Cara de Hueso y a su cliente. Una hazaña que quizás salvará a esta ciudad de una catástrofe y lo que es más importante: digna de un ascenso para ti. Todo lo que te pedimos a cambio es que nos dejes poner a salvo esta caja.
El resto de la cuadrilla tragó saliva. Sacar esa reliquia de Praga era una prioridad de máxima urgencia. El cliente de Cara de Hueso no debía recuperarla bajo ningún concepto, pero seguían desconociendo su identidad: podía ser cualquier Antiguo. Podía ser alguien del Principado, podía ser el propio Döberman; no podían confiar en nadie de Praga. Aunque fuese algo deshonesto con la Camarilla, la ciudad estaría más segura si los Giovanni sacaban esa caja de la ciudad.
—La respuesta es no, Amaranto—Döberman mantuvo la cabeza alta—. ¿Nos estamos poniendo sinceros? Me voy a poner sincero yo también. No me olvido de lo que le hiciste a mi clan en el asunto de Niles Valor. Apuesto a que ya sabías que esta noche ha muerto nuestro primogénito Vladimir Torpok en extrañas circunstancias. Creo que ha sido cosa tuya, Nigromante. Creo que tú eres más peligroso para esta ciudad que todos los Cara de Hueso posibles. Llevo mucho, mucho tiempo deseando empapelarte. No me importa perderme el ascenso, no me importa que Cara de Hueso se escape. Te voy a retirar.
Los Sabuesos rieron, tan satisfechos como su jefe de ver a Amaranto vencido. Tenían la sartén por el mango. Nadie esperaba que se les pudiese plantar cara, y mucho menos que fuera a hacerlo la discreta Radmila:
—Usted no se merece ese puesto de Sheriff.
Döberman la encaró inmediatamente.
—Repite eso.
—Que no se merece ese puesto de Sheriff. Escúchese. Le da igual lo que le está pasando a Praga. El clan Malkavian se ha marchado en bloque, se están produciendo ataques a mortales por toda la ciudad, hace días que la Bestia nos pide cada vez más vitae.
—¿Usted no lo ha sentido?—insistió Nikola.
—Algo está pasando en esta ciudad y está perdiendo el tiempo con nosotros porque la Príncipe Natasha no sabe cómo arreglar la situación. Nosotros creemos que es cosa de Cara de Hueso, tiene que ver con la reliquia que está en esta caja. Podemos arreglarlo si nos ayuda a capturarle. Eso es lo que un Sheriff tendría que hacer: aplastar los disturbios de esta ciudad en vez de desperdiciar su potencial por una Príncipe incompetente. ¿No está cansado de recibir órdenes?
Se hizo el silencio en la estancia. Los Sabuesos pensaron en las críticas su jefe refunfuñaba día sí y día también. Miraron interrogativos a Döberman: le había cambiado la cara. Le quedaba muy poco de lo que sentirse orgulloso.
—...¿Qué sabéis?

7.—Las Consecuencias
Praga, interior de un coche, en dirección a la calle Kozí
—Julien va a intentar cazar a Cara de Hueso antes de que abandone la ciudad mientras nosotros vamos a por su cliente—informó Nikola según leía en su móvil.
—Döberman tendrá a varios hombres esperando en la puerta. Todo lo que tenemos que conseguir es sacarle de la casa—Amaranto no estaba seguro de cuán fácil sería eso.
Los espíritus susurraban al Giovanni acerca de una muchedumbre de fallecidos esta noche, todos interesados en la casa de la calle Kozí. Repetían de nuevo el mismo nombre: Cyril.
—Disculpadme, tengo una llamada—Radmila observaba con sorpresa la pantalla de su teléfono: Charles Cameron II. Hacía mucho que su sire no la llamaba—. ¿Hola?
—...Lo he matado, Radmila. Anoche maté a Esteban—Cameron sollozaba fuera de sí—. Estaba dándole el Beso y no sé qué hice, se disolvió en ceniza entre mis manos. Fui testigo de cómo se le iban vaciando los ojos de vida. Me acordé de mi muerte, como si volviese a ver el abismo. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? Tú has escrito sobre ello en tus libros.
—Charles, por favor, cálmate...
—Tú fuiste mi mayor fracaso, Radmila. Hay tantas cosas que no conseguí enseñarte. Cuando después tomé a Esteban intenté aprender de los errores que cometí contigo. Estaba volcado. Se lo di todo y ahora...me he quedado sin nada.
—Detente, Charles, por favor...
—Sólo quería despedirme, Radmila. Decirte que lo siento. Que te deseo de corazón un mejor destino que el mío.
—¡Charles, no! ¡No le mataste tú, fui...!
BLAM.

8.—Comienza el festín
Praga, sótano de la vieja casa de la calle Kozí, 12
—La piscina está casi llena. El ritual, casi listo. Decidme, ¿por qué no traéis la Gema del Hambre?—desde la penumbra del pasillo les recibió la voz cavernosa de Cyril. Entre la oscuridad distinguían sus ojos rojos: les habían escudriñado a través de la mirilla a cada visita.
—Se nos adelantó una cuadrilla del Sabbat—Radmila se ciñó al montaje que habían escenificado—. Sabemos dónde la esconden, sólo necesitamos que usted...
—¡Ja! Tú no sabes con quién estás hablando, ¿verdad, neonata?—el Antiguo dio un paso al frente para salir de la sombra. Tenía un semblante imponente: alto y fuerte, vestía una gabardina carmesí y su cabellera castaña estaba trenzada en un entretejido con su propia piel.
Nikola, Radmila y Amaranto siguieron a Cyril escaleras abajo por un pasadizo secreto. El túnel terminaba en una colosal mazmorra más grande que la propia casa, de unos cinco metros de alto. Una larga cadena de runas taumatúrgicas pirograbadas sobre el suelo disponía un círculo ritual. En su centro, una descomunal piscina cúbica de metacrilato grueso contenía el mayor lago de sangre que habían visto jamás: de unos 3,5 m3 de volumen.
—Mirad arriba—les ordenó su anfitrión.
La cuadrilla alzó la vista: en la bóveda de la cripta se hallaban dos vitrinas. Cinco niños estaban expuestos en cada una encadenados a las paredes, sus bocas cosidas a los pasamontañas que vestían. Alimentados por suero intravenoso, recostados sobre camas de agujas intubadas para extraer su vitae.
—Yo soy Cyril Laudanum, Arzobispo de Praga, y estoy a punto de reclamar mi territorio. YO soy el Sabbat aquí. Os lo preguntaré otra vez. ¿DÓNDE está la Gema?
—Está a buen recaudo, lejos de ti—Nikola le plantó cara.
—Estupendo. Ojalá eso sea cerca de vuestra estúpida Príncipe.
Cyril cerró su puño con fuerza en gesto de estar rompiendo algo en mil pedazos. Un destello taumatúrgico salió de sus dedos: la reliquia acababa de explotar con una abrasadora llamarada.
—Os elegimos a vosotros porque sabíamos que reportaríais a vuestra Camarilla como leales perros. Queríamos que entregarais nuestro paquete sorpresa...y que nos echarais una mano con el portador de la auténtica Gema del Hambre. Nuestro tren de Breslavia ha sido útil para distraer a Döberman de cierto coleccionista en esta ciudad, un Vástago que siempre me había resultado difícil de matar hasta ahora. Su nombre era Aleksandr Frost.
—¿Dónde está la auténtica Gema del Hambre?
—Ja, ja, ja, ¿os hace ilusión creer que podéis hacer algo aún? Hace media hora que está activada.
La vitae acumulada en el depósito se estaba disolviendo en el aire a toda velocidad, impregnándolo de una áspera humedad.
—El ritual ya no tiene vuelta atrás. Vais a ser testigos de nuestra auténtica naturaleza por mucho que la Príncipe Natasha y los suyos se empeñen en negároslo. Vosotros teníais potencial. Todos estabais desarraigados de la Camarilla, y sois culpables de crímenes desde que usasteis el Bebedor. Sed inteligentes. Contemplad a esta ciudad devorarse a sí misma, y uníos a nosotros para el festín.

Epílogo
Durante las noches del 11, el 12 y el 13 de Abril, todos los mortales residentes en la ciudad de Praga se vieron afectados por un ritual taumatúrgico perpetrado a lo largo de los últimos cuatro años: su vitae dejó de alimentar casi por completo.
Los cainitas de la ciudad, obligados a cazar durante horas sin lograr saciar su sed, cayeron en frenesíes irrefrenables que se cobraron cientos de vidas.
Se desconoce el número exacto de víctimas mortales.