29 de septiembre de 2015

Crónica Rolera: Los Esoterroristas: Insensible. por Arturo Prada


Director: Arturo Prada
Fecha: 23/Sept/2015
PJs:
Duncan Wilson (Alberto Carpintero)
Theresa Nasser (Paco Garfia)
Lucy Morrison (Ana Marina Cano)
Richard Enfield (Iván Martín)
Abraham Harrow (José Fuentes)


1.— 23 de Agosto de 2015
Londres, Vagón de metro, Línea Hammersmith & City

—Buenas tardes, damas y caballeros—en pie en mitad del vagón, el hombre trajeado recabó un par de miradas curiosas por no parecer el típico pedigüeño. Dos metros de alto, excelente forma física, inmaculado chaleco de vestir, una sonrisa perenne y una teatralidad que le delataban como alguna especie de ilusionista—. Su trayecto de hoy será amenizado por una versión reducida de mi espectáculo, un show que les resultará...familiar...
Era un tipo encantador. Hablaba con una magnética confianza capaz de rasgar la escarcha de algunos de los gélidos pasajeros británicos. Disponía de su atención.
—...pero nunca han visto este truco tan de cerca. Será una prueba para ustedes. Voy a invocar en ustedes un carácter oculto que todos llevamos dentro. Pero no se muevan de sus asientos, todo será a distancia. Con su complicidad podré llevar a cabo un acto extraordinario.


Necesitaba una voluntaria y tomó a una joven que parecía dispuesta. Se llamaba Violeta. Tenía unos veintipocos, una larga melena morena en contraste sobre su piel pálida, una sonrisa tímida, unos ojos negros muy difíciles de olvidar. El mago la puso en pie y la llevó al centro del vagón. Con un movimiento de prestidigitación, un pequeño puñal de mango plateado apareció entre sus dedos.
—Empezaré informándoles de que este puñal es completamente real—lo exhibió despreocupadamente, como si no tuviese importancia—. Pero no tienen ustedes nada que temer, confíen en mí. Tengan presente que la situación está en todo momento bajo control. Recuérdenlo, todo bajo control—se volvió hacia su voluntaria con el puñal muy alejado de su cuerpo, en una postura nada amenazante—. ¿Confías en mí, Violeta?
Bajo la presión del puñado de viajeros que la observaba y la tranquilizadora presencia de aquel showman sonriente, Violeta se dejó llevar y asintió servicial.
—Bien—murmuró satisfecho el mago, con una sonrisa de oreja a oreja.

Las puñaladas fueron muy rápidas. La duda de si aquello era real o sólo parte del truco, demasiado paralizante. Unos pocos segundos de incertidumbre fueron suficientes. Como por arte de magia la sangre derramada describió por sí sola una clara figura sobre el suelo: un círculo esotérico alrededor de su cuerpo, repleto de runas arcanas.
El vagón se detenía justo en ese momento en King's Cross. Un repentino apagón se sumaba a la confusión. Completa oscuridad en toda la estación. Afloraba el pánico tanto en el vagón como en el andén; la conmoción le daba el asesino la distracción perfecta para escapar.

Cinco agentes de la Ordo Veritatis han sido asignados a este caso, un equipo que tal vez ya conoce al asesino...

2.— Tres meses antes
Londres, Apartamentos de Lacker Street, 4ºB

La puerta cedió con una fuerte patada. Ambos agentes cruzaron el umbral revólver en mano: encontraron el apartamento en penumbra, apenas iluminado por un puñado de velas de revestimiento dorado. Completo silencio, salvo por el eco distante de agua corriendo en el baño. Con la tenue luz de sus linternas atisbaron una caótica cadena de runas arcanas garabateada por las paredes con una extraño engrudo de color azul. Avanzaron despacio hasta el salón; allí se vieron rodeados por una amplia colección de máscaras rituales africanas de rostros convulsos. Y parecían observarles.
—Vaya gusto para la decoración de interiores que tiene nuestro Kuffer—murmuró bravucón el oficial de Scotland Yard, seudónimo Duncan Wilson.
—Esto son símbolos de santería africana—señaló su compañera, la estudiosa arqueóloga seudónimo Theresa Nasser— yuxtapuestos de mala manera con santería haitiana. Típica práctica esoterrorista.
—¿Y las máscaras?
Duncan exploró el cuarto de baño. Al entrar sintió mojarse sus zapatos: el grifo abierto de la bañera la había hecho rebosar hasta inundar el suelo, pero no eran aguas normales. Presentaban una extraña coloración granate, mezcladas con algún compuesto alquímico depositado en el fondo de la bañera.
Theresa se quedó investigando el salón. Las máscaras más grandes eran portadas por dos enormes estatuas antropomorfas de caña, a tamaño real, que custodiaban el salón armadas con hachas zulúes rústicas.
—Qué interesante...¿De qué época son?
Había algo que no cuadraba. No eran macizas; el exterior de caña era un recubrimiento. Theresa lo rasgó para ver qué escondían, pero no encontró detrás tesoro alguno. En su lugar se encontró con una desagradable sorpresa: las dos figuras no eran exactamente estatuas.

Ambas hachas cayeron sobre la chica enarboladas por sendos sicarios. Forcejearon sin que Theresa tuviera oportunidad de sacar su arma reglamentaria con rapidez. Duncan regresó en su ayuda: un par de disparos redujeron a los matones. Un tercer agente llegó como refuerzos, seudónimo Abraham Harrow, más habituado al trabajo de investigación científica que al de campo. Accedió al apartamento arma en mano, sus ojos desacostumbrados a la oscuridad.
Atravesaba el pasillo cuando de un portazo surgió de entre las sombras una figura de traje negro, ancho sombrero de fieltro cubriendo su cara, encañonándole con una recortada. Se cruzaron varios disparos que dejaron a Harrow herido; Duncan dudó al disparar, víctima de alucinaciones producidas por el compuesto alquímico que le había tocado en el baño. La figura aprovechó para escapar.
—¡Lucy, se dirige a la escalera de incendios!—informó Duncan por su pinganillo.
Cubriendo esa salida bajo la lluvia, la jovencísima agente seudónimo Lucy Morrison abrió fuego contra el fugitivo desde la acera. Para su sorpresa el hombre encajó el disparo como si de un dardo se tratase. Con los investigadores pisándole los talones, saltó la barandilla y cayó cuatro pisos abajo...aterrizando de pie, listo para correr hasta un coche que le recogió.
—Eso es imposible...—exclamó Lucy boquiabierta.

El veterano ex-espía del Mi6 seudónimo Richard Enfield estaba al volante del coche de los investigadores. Interpuso su vehículo para bloquear la huida del fugitivo; su cómplice, del que sólo llegaron a ver sus manos enguantadas, se abrió camino a tiros. Enfield recogió a Lucy y a Theresa y salieron en persecución del coche negro a toda velocidad, esquivando el tráfico de Londres hasta dejar atrás la ciudad.


3.— Tres meses antes (cont.)
Afueras de Londres, Polígono Industrial Wessonby

El vehículo estaba inutilizado frente a un destartalado almacén, sin rastro de sus ocupantes. Sólo podían estar en el interior del edificio.

Atravesaron armados la doble compuerta. Las luces se encendieron a su llegada: un grueso cristal antibalas frente a ellos dividía la nave en dos estancias a las que no podían acceder aún. Sólo podían mirar. A su izquierda, en penumbra, el fugitivo se encontraba encerrado en una estancia: su única posible salida, una recia compuerta de cerradura electrónica que no parecía capaz de abrir. Se mostraba tranquilo. Avanzó un paso hacia la luz para dedicarles una sonrisa burlona.
A su derecha y mucho mejor iluminada, una claustrofóbica estancia blanca encerraba a un niño aterrorizado. Aparentaba unos diez años y golpeaba repetidamente el cristal suplicando que le ayudasen. A su espalda una pared de cuchillas mecanizadas se acababa de poner a funcionar. Avanzaba sobre un raíl en dirección hacia el niño, dispuesta a despedazarlo.

Frente a los agentes se encontraba una palanca con dos posiciones conectada por un cable a la compuerta electrónica y por otro a las cuchillas. La elección estaba clara: capturar a Kuffer a cambio de la vida del niño o salvar al pequeño a cambio de dejar a Kuffer libre. Lucy no se lo pensó y tiró con fuerza de la palanca: las cuchillas se detuvieron y el cristal que aprisionaba al niño se deslizó hacia un lado, concediéndole la libertad. A espaldas del fugitivo se abría la compuerta y con una moto preparada a tal efecto escapaba campo a través. Demasiado rápido para seguirle la pista. Tardarían mucho tiempo en volver a verle...

4.— De vuelta a 23 de Agosto de 2015
Londres, Bridge Station

Los agentes sacaron dos cosas en claro de la escena del crimen: uno, que el asesino probablemente contó con un cómplice pues el apagón fue ocasionado por un drone cargado de explosivos que alguien debió conducir a la instalación eléctrica. Y dos, que el efecto visual de las runas dibujadas por la sangre se consiguió porque estaban pintadas de antemano en el suelo con un compuesto ionizante que ejerció atracción sobre el líquido.

Un equipo de limpieza había accedido al vagón cuatro horas antes del asesinato para limpiar unos vómitos. Fue en la cochera de Bridge Station y varios agentes se personaron allí para investigar. En las grabaciones de seguridad distinguieron una figura conocida: uno de los limpiadores empleados por la subcontrata White Events se parecía mucho a su fugitivo de Lacker Street.

5.—
Londres, Morgue de la Victoria Street Police Station

Lucy realizó una segunda autopsia sobre el cadáver de Violeta y borró el registro de la primera. Encontró que se habían producido seis puñaladas sobre las venas y arterias del corazón con una improbable precisión. El rostro de Violeta se había quedado rígido en una espeluznante expresión de dolor; la joven forense encontró cerca de las incisiones restos de bacilmalina, una neurotoxina que habría provocado el espasmo y agravado su agonía. Parece que el asesino impregnó el filo de su puñal de este veneno segregado por la clinotarsus amogatae, una variedad de ranas propia del Cuerno de África.

Poco después de concluir la autopsia Lucy se cruzó con un par de técnicos custodiando un cuerpo recién llegado. Era un hombre maduro, su traje empapado de sangre, atravesado de lado a lado por una herida abierta en su pecho de unos 20 cm de diámetro. Reconocía perfectamente su cara. Se trataba de Enfield.

—Nos tendieron una trampa—Duncan apareció a su espalda magullado y empapado en sangre—. Nos pusieron un Fetiche en el coche, un muñequito de barro de santería, que embrujó a Enfield. Le distrajo hasta hacerle perder el control del coche y tuvimos un accidente.
Bajo los efectos del embrujo, lo último que Enfield vio fue la mirada acusadora de Violeta clavada sobre él.
—Pero ¿cómo han conseguido acercarse tanto a nosotros sin ser vistos?—se preguntaba desconsolada Lucy.

6.—
Londres, Oficinas de White Events

La subcontrata que se encargaba de la limpieza del vagón es una empresa decorada con gusto moderno, aunque carente de muebles o signos de uso diario. Una inmigrante italiana en un lamentable estado físico se escondía de los agentes en las oficinas, creyendo que va a ser deportada. El equipo consiguió calmarla: se llamaba Giovanna y era una heroinómana ingresada en un proyecto de rehabilitación. Se trata de un centro de corte místico llamado Guerrilleros del Corazón. Su monitora Mara dijo ser también propietaria de esta empresa y se ofrecía a pagar un buen sueldo a Giovanna si se encargaba de limpiar esta oficina...y destruir mientras tanto todos los documentos comprometedores.

7.—
Londres, Desguace de Morrison Street

Lucy y Theresa se desplazaron al desguace para retirar el coche de Enfield con el fin de examinar el Fetiche que le había costado la vida. Localizaron el vehículo sobre una cinta transportadora de camino a la trituradora. El único empleado se había ausentado a causa de una inesperada llamada telefónica. Lucy se aproximó a la máquina para intentar detenerla...

—Lo siento, Lucy. Habéis llegado demasiado lejos. No puedo permitirte avanzar más.
—¿¡...Theresa!?

La traidora agarró a Lucy e intentó tirarla dentro de la trituradora. Ambas mujeres forcejearon con intensidad: trataban de conseguir una oportunidad para sacar sus armas. Con gran esfuerzo Lucy logró desarmar a Theresa y tirarla sobre el suelo; la encañonaba con su revólver, pero las manos le temblaban.
—No me importa lo que me hagas—se burló una Theresa muy serena, impasible ante la derrota—. No tengo miedo a morir por mi causa—al abrir su boca reveló una pequeña pastilla de cianuro.
Lucy se negaba a darle tal satisfacción. Furiosa y decepcionada, la ejecutó de un tiro contra el cráneo.

8.—
Londres, Centro de Rehabilitación «Guerrilleros del Corazón»

Se acercaba el anochecer. El equipo aparcó junto a una casa rural en las afueras de Londres, no muy lejos del almacén donde ya se vieron las caras con Kuffer una vez. Un letrero rezaba «Guerrilleros del Corazón—Centro de Rehabilitación y Revolución Personal». Parecía haber actividad dentro de la casa; los agentes saltaron el muro con discreción. Cayeron sobre un florido estanque con varios ejemplares de ranas clinotarsus amogatae.
La parcela estaba decorada con nuevas máscaras de santería africana. Un dolmen ceremonial hacía las veces de altar cubierto por una continuación de la misma cadena de runas de la casa de Lacker Street, pintadas con el mismo engrudo azul. Harrow descubrió un trazo de pintura que había salpicado la base de la roca sin manchar el suelo, un indicio de que podía tratarse de la punta de un iceberg de piedra sepultada.
Antes de infiltrarse en el edificio examinaron un cobertizo no muy lejos de allí. Escondía dos oscuros secretos: una moto muy parecida a la del fugitivo de Lacker Street...y un barreño de gran tamaño empleado para disolver cadáveres en una mezcla de ácidos. El resultado era un denso engrudo azul del que podían esperar propiedades arcanas al provenir directamente de cuerpos muertos.

El asalto a la casa se produjo desde varios flancos distintos. En su interior no encontraron el clásico caos de los esoterrroristas voluntarios sino rasgos de una apacible comuna hippie. La habitación más grande era una sala de ceremonias, con un largo escenario para los sermones y varias hileras de sillas para el público. No parecía otra cosa que el escenario de una secta. Sobre la tarima les esperaba con gesto solemne Mara, la líder de la comuna: una mujer cincuentona con aspecto de monja y cabellera rubia platino, sus manos enguantadas idénticas a las del cómplice de Kuffer en Lacker Street. Sobre su torso, cerca de cuatro kilos de explosivos. Y a su alrededor unos veinte miembros del centro hacían de escudos humanos, armados con automáticas cortas pero con serios problemas para manejarlas. Temblaban, les costaba mantenerse en pie, tenían que agarrarse los unos a los otros; se les veían síntomas de mala salud, mas su fervor por su benefactora sumado a ciertos rasgos de lavado de cerebro les tenía dispuestos a dar sus vidas por la ceremonia. Difícilmente acertarían a disparar a nadie, pero se interpondrían entre Mara y cualquier atacante.

—Regocijaos, perros del sistema—les saludó Mara, muy segura de llevar la sartén por el mango—. Hoy termina nuestra cruzada contra este mundo capitalista insensible, indolente. Les hemos enseñado lo aletargados que están, cuán crueles pueden llegar a ser con su indiferencia por los demás. Y ahora vosotros, los avatares del sistema para nuestro ritual, elegiréis si os acordáis de la compasión...o si pagaréis el precio de la impiedad.

A la menor distracción de Mara, Duncan apretó el gatillo.
Cayó al suelo en un charco de sangre. Con su muerte, el agente creía la amenaza neutralizada...
—Insensatos...—celebró Mara con su último aliento.
...pero un dispositivo sobre su pecho empezó a pitar con urgencia, detectando la falta de constantes vitales en el cuerpo de la mujer.
Esta era la señal que necesitaban sus explosivos para estallar.
¡BOOM!


9.—
Londres, Ruinas del Centro de Rehabilitación «Guerrilleros del Corazón»

Los agentes huyeron a tiempo de la explosión pero los internos del Centro de Rehabilitación no corrieron la misma suerte. Sus muertes innecesarias completaron el ritual esoterrorista: si bien estos malinformados fanáticos creían estar usando la brujería en pos de un mundo mejor, la destrucción invocada por sus actos les revelaba como probables peones de Kuffer.
Veinte luces azules, como si fueran veinte focos alumbrando el cielo, atravesaron las paredes de la casa y se prolongaron más allá de las nubes. Su destello se apagó a medida que lo hacían las vidas de aquellos hombres y mujeres. Cuando todos expiraron la luz azul regresó de entre las nubes en forma de un único, grueso haz. Cayó sobre el dolmen cubierto de runas y lo llenó de energía.

Los agentes no podían dar crédito a sus ojos: el dolmen se levantó y con él surgió del interior de la tierra un enorme titán de roca con la forma de la fallecida Victoria, fiel hasta al dolor en los ojos de su cadáver. La amenazante criatura miró a los investigadores a los ojos y emitió un espeluznante alarido de dolor. Pedir refuerzos fue la única opción: la Ordo Veritatis enviaría un par de cazas tan pronto como fuera posible. Mientras tanto el Horror arremetió contra los investigadores, y logró apresar a la aterrorizada Lucy.
La frágil cordura de Duncan —ya bastante deteriorada tras ver morir a Enfield ante sus ojos— terminaba de derrumbarse. Víctima de un colapso nervioso, se arrastró tembloroso hasta el coche y trató de crear una distracción para que Lucy pudiese escapar. Harrow le acompañaba. La estratagema funcionó, pero...
—Fuera del coche—Duncan encañonaba a Harrow con su revólver. Sus ojos inyectados en sangre; su mirada enajenada por completo, demasiado lejos de la razón—. He visto ese brillo azul en tus ojos: vete a adorar a tus dioses africanos. Márchate o te mato.
—¿...Duncan?

Herida y conmocionada, Lucy escapó de la parcela con gran dificultad. El Horror aún le pisaba los talones. Harrow la estaba esperando allí para ayudarla a escapar...pero también Duncan, con el coche aparcado a su lado, ambos encañonándose el uno a otro con sus armas.
—Lucy, sube al coche. Harrow es un traidor. Le dejamos aquí—los ojos de Duncan refulgían sedientos de sangre. Estaba deseando disparar.
—¡No le escuches! ¡Se ha vuelto loco! ¡No confíes en él!—suplicó Harrow.
—¡BAJAD LAS ARMAS!—Lucy, fuera de sí, sacó su revólver y apuntó contra Duncan.

Se mantenían en jaque mutuo, ninguno dispuesto a bajar su arma. No repararon en las siluetas plateadas que surcaban el cielo sobre sus cabezas. Varios misiles SCALP habían sido lanzados contra el Horror: sus superiores habían priorizado la eliminación de la criatura por encima de la supervivencia de sus agentes.
El primer impacto —a varios metros de su posición— les dejó heridos y aturdidos. No sobrevivirían a un segundo. Con poco tiempo para actuar, Lucy saltó al volante del coche y permitió que Duncan la acompañara. Cuando intentaron recoger a Harrow le encontraron inconsciente a causa de la explosión: no podría subir al vehículo por sí solo. O escapaban dejándole atrás, o arriesgaban sus vidas para socorrerle.

Insensible al destino de Harrow, Lucy pisó a fondo el acelerador. Cuando el deslumbrante fulgor del segundo impacto se reflejó en su retrovisor no pudo evitar mirar atrás. El recuerdo de su compañero siendo consumido por las llamaradas quedó grabado para siempre entre sus pesadillas.

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